Sunday, October 25, 2009

Papabuelo y mimabuela

Mis abuelos maternos murieron con ochenta y cinco años cada uno, teniendo esa diferencia de edad entre ellos uno sobrevivió esa misma cantidad de años al otro pero hacía mucho sus vidas andaban por caminos separados; Juanita se había casado por segunda vez proporcionándole esto su quinta hija y había vivido en Michigan, New Jersey y finalmente al sur de La Florida en Estados Unidos, recorrido habitual de cualquier cubano en los sesenta-setentas; Anselmo, habiendo nacido en la provincia de Cantón, sureste de China, viajó muy jóven a América y tras un largo viaje en tren atravezando Estados Unidos y una vida disipada que no le impidió poner su propio negocio en un pequeño pueblo en la región oriental de Cuba y engendrar cuatro hijas, cultivó su vejez en en un apartamento del centro en La Habana y en sus últimos años en un ancianato de chinos, apadrinado por la embajada del país del sol naciente en el reparto Jacomino; algo posible por la gran inmigración de naturales de ese país hacia Cuba a principios de los veinte.
Como no conocí a mis abuelos paternos cuando hablo de “mi abuelo” y “mi abuela” me refiero a estos protagonistas del párrafo anterior; a quienes conocí como “papabuelo” y “mimabuela” mientras vivía con el primero en un pequeño apartamento de un segundo piso en un edificio de la calle Campanario en el barrio de San Leopoldo y visitaba a mimabuela, su esposo y la adolescente tia María tras una caminata por toda la calzada de San Lázaro desde donde el mar, subrayado por la línea de concreto del malecón, asomaba a la derecha al terminar cada calle hasta mostrase pleno tras el Parque Maceo sólo interrumpido por el monumento a este líder de las guerras independentistas; el apacible azul se alejaba y desaparecía después de la calle Marina, detrás de algunos edificios en uno de los cuales entrábamos hasta el apartamento del fondo a la derecha; a veces nos tropezábamos allí con el pequeño primo Alejandro, hijo de Tia Leyla… todos ellos desaparecieron y reaparecíeron como el mar y le malecón de la caminata, en fotos a color, rodeados de juguetes y nieve a veces. Más adelante mi madre, hermano y yo, ocupamos ese apartamento donde sólo quedó tía Miriam, decoradora, campeona de tiro deportivo y las caminatas eran en sentido inverso para visitar a mi abuelo solitario, allá en los altos de jardín Santa Lucía hasta que tia Miriam se cambió con él y entonces la sustituyó en el cuarto del fondo llenándolo de novelitas, periódicos chinos y olor a tabaco, todas las mañanas salía al barrio de sus compatriotas, no muy lejos, a buscar estas cosas y una vez al año medicinas chinas enviadas por el gobierno de su país a cada ciudadano; bonito detalle.
Viví un cuarto de siglo en aquél apartamento de Pueblo Nuevo, frente a la parada de guaguas, cerca del cine Pionero y no tan alejado de la Universidad de La Habana, a la vera de Cayo Hueso, barrio de mala fama; abuela quedaba cada vez más lejos en el recuerdo y ya no había tias ni primos con excepción de Miriam quien aumentaba nuestra cuota de tres juguetes al año con espadas, escudos y cascos hechos en el taller de decoración.

Después de un par de accidentes cruzando la calle debido a su semiceguera papabuelo fue recluido en el asilo para chinos en Jacomino; muy pronto, aunque no inmediatamente, se sintió a gusto allí; lo visitaba poco, mi madre se encargaba más de esto; allí lo fué a ver una de sus nietas de visita desde Estados Unidos, además de mi hermano y yo la única nieta que tuvo un contacto con él en su vejez, dos de los primos habían nacido en La Habana pero se fueron muy pequeños.
Salí para Colombia ya graduado de una carrera y habiéndola ejercido por diez años; estando allí supe de la muerte de papabuelo me lo comunicó mi madre por teléfono, según ella fue un velorio bastante solitario, la acompañó todo el tiempo nuestro amigo “el gordo”; Anselmo hacía mucho no conocía a nadie a no ser sus compañeros de ma-jong en el asilo quienes seguramente lo segurían en no mucho tiempo.
Unos meses después de esto crucé (cruzamos, debo sumar a mi hermano, mi tia Miriam y cinco colegas más) la frontera hacia Estados Unidos una vez en Mexico para ese prpósito; tras algunas escaramuzas llegamos a Miami; la primera casa adonde llegamos en la madrugada de ese jueves quince de abril fue a casa de mi abuela; allí la vi, no muy diferente a las fotos a colores pero moviéndose, colándo café, con su voz algo chirriante pero dulce, una boca ligeramente deformada debido a un espasmo sufrido hacía décadas, la mirada algo baja lo cual le daba un aspecto de humildad, su pelo suavemente teñido, algo escaso, cubriendo su cabeza pequeña; tenía algo de ave de corral; por supuesto estaba muy feliz, probablemnete tendría su vestido de flores de colores discretos; nunca vistió tan alegremente desde la muerte de su esposo; sólo faltaba mi madre por llegar para tener a todas sus hijos y nietos de este lado y así lo hizo saber repetidamente; en momentos de alegría sólo las madres recuerdan la tristeza de los hijos; la reunión total sucedería un año y tanto después y se dió la circunstancia histótica-familiar de reunir a las cinco hermanas tras más de treinta años; concretándome al dia de mi llegada a Estados Unidos, o al menos a Miami, lo cual algunos no consideran necesariamente lo mismo, casi amaneciendo nos fuimos a casa de Tia Dalia adonde quedamos por un tiempo mientras nos aclimatábamos algo nada difícil si se toma esto literalmente, dada la similitud de clima entre el sur de La Florida y Cuba pero en otros aspectos había muchas cosas por aprender y aprehender.
Quince años después de esto, ya casado, una circunstancia inesperada me hizo viajar a Bogotá, después de haber salido de allí sólo había estado de visita de trabajo una vez en esa ciudad; esta última vez la noté sensiblemente mejorada, al menos en la zona donde viví y sufrí los apagones del noventa y dos; ahora con un “trasmilenio” sistema de transporte parecido al metro pero no subterráneo y una de las zonas más deterioradas del centro tomada para el turismo.
Había dejado a mimabuela en el hospital; una vez más ingresada en episodios relacionados con la diabetes; había quedado ciega y recluida en una silla de ruedas hací más de un año, sin embargo, era coherente al hablar con los lógicos olvidos de una octogenaria y le gustaban los chistes de relajo; nunca dejó de comer chicharrones y estar pendiente de alguna telenovela aunque fuera para escucharla aún así hacía comentarios de lo bonita o gorda de alguna artista; jugó fielmente la lotería, semana tras semana, desde que ese juego de azar se inaugurara en La Florida; en sus últimos días en casa pudo tener en su regazo a su décimo biznieto Kyan, el más pequeño de Edith.
Prima Carlita estaba embarazada de Liah Marie y se veia sensiblemente afectada por el estado de abuela con afección irreversible de los riñones, sedada con medicamentos en aquella cama rodeada de todas sus hijas y alguno de sus nietos y biznietos.Con la misma edad que el padre de sus cuatro primeras hijas muriera, quince años antes estando yo en Bogotá; mimabuela no despertó ese día; recibí la noticia por un correo electrónico de mi madre y noté inmediatamente estas coincidencias; si fuera superticioso no regresaría más a esa ciudad teniendo un familiar en circunstancias similares, al menos me abstendré de hacerlo quince años después de esta última visita.

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